Qué es un ataque de pánico y qué hacer cuando tienes uno

De repente, el corazón se dispara, cuesta respirar, notas mareo o presión en el pecho y te invade la certeza de que algo terrible está a punto de ocurrir. Puede que pienses que te está dando un infarto o que vas a perder el control. Si has vivido esto, ya sabes lo aterrador que es. Y, antes de continuar, necesitas escuchar algo: un ataque de pánico no es peligroso y va a pasar, por muy real que parezca la sensación de amenaza.

Saber qué te está ocurriendo y tener claras unas pautas concretas cambia por completo la experiencia. No porque hagan desaparecer el episodio de golpe, sino porque impiden que el miedo lo alimente lo alargue y lo mantenga en el tiempo. Eso es exactamente lo que vamos a ver aquí.

Qué es un ataque de pánico

Un ataque de pánico es una subida brusca e intensa de miedo y activación física que alcanza su punto máximo en muy pocos minutos, aunque el episodio completo suele durar entre diez y treinta. Aparece de forma repentina, a veces sin un desencadenante evidente, y por eso resulta tan desconcertante.

Lo que ocurre por dentro es que el sistema de alarma del cuerpo, el mismo que nos salvaría ante un peligro real, se activa por error, con toda su fuerza, en una situación que no lo requiere. De ahí las palpitaciones, la falta de aire o el temblor: no son señales de que algo se rompe, sino de un cuerpo preparándose para reaccionar ante una amenaza que en realidad no existe.

Cómo reconocer un ataque de pánico

Los síntomas combinan lo físico con lo mental, y suelen aparecer casi todos a la vez. En el plano corporal es habitual notar taquicardia, sensación de ahogo o falta de aire, opresión en el pecho, sudoración, temblores, mareo, náuseas y hormigueos. En el plano mental, lo más característico es una sensación intensa de muerte inminente, de perder el control, o de estar «fuera» de la realidad.

Esa combinación explica por qué tantas personas acuden a urgencias convencidas de que sufren un problema cardíaco. Es una reacción completamente comprensible. De hecho, reconocer que se trata de ansiedad y no de un infarto es ya una de las herramientas más potentes para reducir el miedo, porque recuerda que la experiencia es temporal y que estás a salvo.

Qué hacer durante un ataque de pánico

El objetivo durante la crisis no es llevarte a la calma con urgencia —eso sólo añade presión—, sino dejar que la oleada suba, llegue a su tope y baje sola, sin alimentarla. Piénsalo como una ola: por muy alta que sea, en algún momento rompe y desciende. Estas pautas ayudan a acompañar ese proceso:

  • Recuérdate que es limitado: repítete que es un ataque de pánico, que no es peligroso y que en unos minutos empezará a descender. La ansiedad no puede subir indefinidamente.
  • Alarga la exhalación: respira lento centrándote en soltar el aire despacio, más tiempo del que tardas en cogerlo. Esto contrarresta la hiperventilación, que es la que intensifica muchos síntomas.
  • Ancla la atención en el presente: fija la vista en un objeto y descríbelo con detalle, o nombra cosas que ves, oyes y tocas a tu alrededor. Sacar el foco de tus sensaciones corporales evita que se amplifiquen.
  • No luches contra ello: intentar frenarlo a la fuerza tiende a empeorarlo. Permitir que las sensaciones estén ahí, sabiendo que pasarán es, paradójicamente, lo que más las acorta.

La respiración merece una mención especial, porque es la herramienta más accesible en el momento y también la que más se hace de forma ineficaz bajo el pánico. Si quieres tenerla entrenada de antemano, te explicamos cómo y cuándo aplicarla en nuestra guía de técnicas de respiración para la ansiedad.

Qué NO hacer (y por qué mantiene el problema)

Tan importante como saber qué hacer es entender qué conductas, aunque parezcan aliviar en el momento, refuerzan el pánico a largo plazo. Son reacciones muy naturales, pero conviene conocerlas para no incurrir en ellas de forma automática.

Huir del lugar donde te dio el ataque «confirma» a tu cerebro que ese sitio era realmente peligroso, así que la próxima vez lo evitarás y el miedo crecerá. Comprobar una y otra vez cómo te late el corazón o cómo respiras intensifica las sensaciones justo en las que no querrías fijarte. Y frases como «tranquilízate» o «no pienses en ello», dichas por ti o por otros, rara vez ayudan, porque el problema no es de voluntad. La clave está en no tratar el ataque como una emergencia, sino como una falsa alarma que no sólo sabes, si no que puedes gestionar.

Un ataque aislado no es lo mismo que un trastorno de pánico

Tener un ataque de pánico en un momento de gran estrés, agotamiento o consumo elevado de estimulantes es más común de lo que se cree y no significa que tengas un trastorno. Hablamos de trastorno de pánico sólo cuando los ataques son recurrentes e inesperados y, además, aparece durante semanas una preocupación intensa por que vuelva a pasar, hasta el punto de cambiar tus rutinas para evitarlo.

Hay un matiz importante de seguridad: si es la primera vez que te ocurre, o si hay dolor en el pecho, desmayo o una dificultad para respirar muy intensa, busca atención médica para descartar una causa física. No conviene autodiagnosticarse un ataque de pánico sin haberlo valorado antes al menos una vez.

Cuándo pedir ayuda profesional

Si los ataques se repiten, si empiezas a vivir con miedo a que vuelvan o si estás organizando tu día a día para evitar situaciones que consideras que los provocan, es el momento de pedir apoyo. El trastorno de pánico tiene tratamiento eficaz, y cuanto antes se aborde, menos margen tiene para instalarse a través de la evitación.

En terapia se trabaja tanto el manejo de la crisis como el origen del problema: la forma en que interpretas las sensaciones corporales, las creencias sobre el peligro y los patrones de evitación que lo mantienen. Si no sabes si ha llegado tu momento, esta guía sobre cuándo acudir al psicólogo por ansiedad te ayudará a decidirlo. Recordar que un ataque de pánico, por «brutal» que se sienta, siempre siempre termina y nunca nunca te hace un daño real es el primer paso para dejar de temerlo.

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